Viaje al origen de mi rebeldía (¿o de mi locura?)
El Furibundo (Autobiografía excesiva)
La primera vez que hice conciencia de que estaba en este
mundo, hallábame sentado en lo que parecía el patio frontal de una humilde
construcción hecha de madera y láminas de zinc (lo extraño es que estaba
ubicada en el centro de aquella aldea-ciudad en la que habitábamos en ese
momento y en la cual había nacido yo) comía tierra sin ningún remordimiento,
cuando alguien parecido a mí, pero bastante más viejo, me ordenó que no comiera
tierra. El tono amenazante de aquella orden me hizo obedecerla de inmediato,
pero permanecí sentado en el mismo lugar a la espera de que aquel inoportuno
personaje continuara su camino y así poder continuar con mi exquisito banquete.
Lo tenía vigilado por el rabito de ojo; quería desobedecer
aquella orden en el momento preciso en el cual él dejara de vigilarme, pero mi
fama me había delatado y cuando creí el momento exacto, mi mano en un celaje
casi (Casi) imperceptible, me entregó un exquisito bocado de tierra, siendo ese
el preciso momento en que aquel ser prohibidor volvió su mirada hacia mi cara,
la cual, deformada por aquel bocado prohibido, paso del placer al pánico cuando
aquella masa gigantesca se abalanzó sobre mí con una mirada de ira que
cuestionaba, incluso, mi propia existencia.
Tal como lo recuerdo, todo pasó muy rápido; sólo recuerdo su
mirada acompañada por una fuerza brutal
que me estremeció la cara y rompió mi boca, haciéndome morder el polvo
literalmente.
Tenía tres años de existencia y ya había alguien que quería
matarme (no era un buen augurio), lo que no logro establecer es si ese fue el
comienzo de mi lucha antiautoritaria o es el antecedente más remoto de mi
personalidad autodestructiva (a lo mejor una cosa viene con la otra). Lo cierto
es que si bien no recuerdo haber vuelto a comer tierra en mi vida, desarrollé
una terrible aversión a toda figura de autoridad, lo cual me dio la autoridad
suficiente para orientar mi vida en función a esta lucha (cualquier posible
contradicción en este planteamiento es por pura casualidad).
Aquella cachetada había hecho mucho más que sacarme de
centro; me había dado una causa, sólo que en aquel momento no estaba
“políticamente” preparado para asumirla, de hecho; perseguía una causa sin
tener conciencia de ello; sólo me rebelaba y luego pagaba las consecuencias.
Aprendí a estar a la defensiva, a los cinco años ya manejaba un vocabulario que
me permitía defenderme del autoritarismo intrafamiliar y de sus actos
represivos.
Pero era inútil; el que detenta el poder tiene la Razón y
PUNTO. Así que sólo se burlaban de mis argumentos y reprimían mis actos. Al
punto que ya a los siete años entendí la necesidad de escapar de todos aquellos
que me causaban tantos malos recuerdos.
Mi relación con el sistema educativo fue de odio a primera
vista, había desarrollado un a hiper-rebeldía desde la cual no lograba
establecer qué era lo que debía aceptar y qué no; mi vida se dividía en dos
realidades: o estaba muy tranquilo y relajado o estaba tenso, irritado e
intolerante, y pasaba de un punto a otro, ante cualquier posibilidad de
amenazas.
Además de aquel trauma, también había desarrollado una
cierta capacidad de saber cómo (más o menos) funcionaban las cosas, y fue así que
aprendí que si quería dejar de ir a clases, debería ser parte de los
patrulleros y de la brigada infantil de bomberos.
Pensando que esos espacios me darían la disciplina que
necesitaba, fue aprobada mi incorporación, tanto a los patrulleros, como a la
brigada infantil de los bomberos. Me divertía todo aquello, tanto lo absurdo
como lo interesante. No lograba entender porqué era necesario maltratar a
alguien para que siguiera una instrucción, más cuando, aún, todos los que allí
estábamos moríamos por hacer las cosas que allí se hacían; parecía que habían
copiado el modelo de disciplina militar y lo estaban aplicando a ese escenario
sin ningún criterio de adaptación.
Sí, me aburrí: después de los saltos, el rapel, las
escaladas, los simulacros de incendios, los primeros auxilios, los desfiles,
nos cambiaron a nuestro Comandante y todo decayó y se puso muy aburrido.
Ya para tercer grado, no necesitaba excusas para no ir a
clases; simplemente, junto con tres amigos más, salíamos de la escuela por un
lugar secreto y nos íbamos a deambular por aquella aldea-ciudad donde vivíamos. Solíamos subir a las azoteas de los poquitos edificios que
habían, y mirarlo todo desde allí. O en otras ocasiones preferíamos explorar
lugares que desconocíamos, pero lo que más nos gustaba era introducirnos en la
casa de la cultura, pues tenía un conjunto de pasillos y cuartos que se
comunicaban entre sí, dando la impresión de ser pasadizos secretos.
En cuarto grado fui internado bajo engaño. El lugar de reclusión fue una escuela granja escondida en unas montañas llenas de eucaliptos, pinos y neblina. Pasé allí seis largos años y ha sido la única vez que he podido estar tanto tiempo en un mismo lugar (tanto escuela como hogar). Al llegar allí me di cuenta del engaño, aunque el verdadero engaño era pensar que podíamos seguir manteniendo la situación tal y como estaba, así que en el fondo todos salíamos ganando; aunque no era el único de mi familia que estaba ahí, había suficiente espacio para coincidir lo menos posible.
El primer año en ese internado fue muy fuerte, no hubo tiempo para la
adaptación; el primer día tuve que defender con violencia física, tanto mis pertenecías
como mi propia integridad. Cinco peleas el mismo día, pero yo tenía una ventaja por
sobre mis adversarios; yo estaba en este mundo desde los tres años y la mayoría
de ellos recién estaban llegando.
Hice todo el ruido que pude en aquellas cinco peleas, mi
intención era hacerme de una fama tal, que sólo hiciera falta un poco de guerra
sicológica para mantener alejados a quienes quisieran dañarme. Y funcionó,
prácticamente no tuve que pelear más para defenderme de nadie, mientras estuve
allí.
En mi desempeño académico no me fue tan bien, más aún cuando
solía jugar pelota justo frente al salón donde tenía clases. Esa era otra de
las cosas que amaba de aquel sitio: no podían obligarte a nada, para mí aquello
era toda una nueva experiencia. Además había pasado de ser el culpable de
siempre a sólo ser un sospechoso más (Ahora los dados estaban en mis manos).
El quinto grado fue mucho más interesante; como era
habitual, nos tomaron como centro piloto (conejillos de indias) para
implementar un nuevo tipo de educación con mayor participación de los
estudiantes. Así, en vez de estar copiando 10 páginas de un libro que ya fue
escrito (y con mejor letra) o de escribir los números desde el cinco mil hasta
el cero, los maestros iniciaban una conversa donde todos podíamos participar y
a parte de enterarnos de lo que se trataba el tema, también nos divertíamos.
Fue en esa época cuando
una afirmación que nos hizo una maestra a la que respetaba mucho, me
impactó profundamente, en esa afirmación ella nos dijo que todos nosotros
podíamos ser como Simón Bolívar, sólo que debíamos recibir los estímulos
necesarios para alcanzar tal meta.
A pesar de toda la resistencia que había presentado a participar en el
proceso formativo de la escuela, de alguna forma sentía que me habían inculcado
un profundo respeto por Simón Bolívar, al punto que el hecho de que aquella
maestras nos dijera con tanta convicción que podíamos ser iguales a él, fue
para mí un verdadero choque.
Pero le creí, aún teniendo a cuesta todo el conjunto de
estímulos negativos propios de un estado de autoritarismo intrafamiliar, en
verdad creí posible llegar a ser como aquel hombre. Sin saberlo aquella maestra
me había dado otra causa que también se oponía a un yugo (en este caso mucho
mayor). Aquel estímulo que con sus palabras serenas y convincentes no dio
aquella maestra, llegaron tan profundo en mi psique que ya para sexto grado, mi
calificación más baja era 16 puntos.
Pero como todo se acaba, también se acabó aquel ensayo
educativo y volvimos a las viejas prácticas, lo cual me afectó mucho más. Se
comenzaba a percibir que nuestros docentes pretendían que los tratásemos como
la única fuente de la verdad. Y fue de este modo como comenzaron tres años de
lucha antiautoritaria, los cuales culminaron con la creación de la federación
de delegados estudiantiles y con mi casi expulsión de la escuela granja.
Pero ya no tenía sentido expulsarme; era mi último año en
aquella escuela y yo era el único alumno que había comenzado allí en cuarto
grado y que había llegado al tercer año, eso era un acontecimiento único que no
iban a truncar así que me dejaron en paz. Y fue así que después de seis largos
años salí de aquel lugar, que en definitiva había sido el único hogar estable, que hasta ese
momento, había llegado a conocer.
Al salir de aquel lugar de sentimientos encontrados, me
fueron dadas dos opciones: la primera era ser enviado a otro internado por tres
años más para terminar el bachillerato o ser enviado a la escuela técnica de la
aviación (tres años también para la época), decidí que preferiría morir
electrocutado antes de tomar alguna de esas dos opciones y acto seguido, me fui
a estudiar electricidad, pero ese ya es otro cuento.
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